Khôra: un experimento de gestión y curaduría

Anamaría Garzón Mantilla
Khôra se inaguró tropezadamente en abril del 2017. Escribo tropezadamente porque me costó abrir el espacio. La persona que estuvo a cargo del montaje, jamás había hecho uno. Esa persona era yo. Han pasado más de dos años desde la apertura y sigo estando a cargo de los montajes y todo lo que tiene que ver con el espacio.
Khôra es un cubo blanco que funciona como un lugar parasito: está ubicado detrás de un local de Hansel & Gretel. Tan detrás, que ocupamos la misma puerta. Tiene el nombre de galería y la estructura de una: paredes blancas, canales de luz, piso de cemento. Pero la entrada no convencional le da otro aire, que me permite entender al espacio como una pequeña sala de experimentos, que no siempre son visibles para los artistas ni el público que entra al espacio, pero son siempre visibles para mi, ya que entiendo la gestión de Khôra como una extensión de mi trabajo académico.
La operación del espacio sigue la perspectiva de una galería sin fines de lucro, lxs artistas no pagan por exponer (no estoy de acuerdo con ese modelo de negocio, pero es otro tema) y la decisión de las exhibiciones, de una u otra forma, está conectada con mis curiosidades de profesora investigadora. En el 2017, estuve pensando cómo un cubo se convierte en un espacio de arte, escribí de eso para Index, Revista de Arte Contemporáneo, en un texto que se titulaba Khôra o cómo hacer de la curaduría un bosque (húmedo) tropical. En ese ensayo, explico también algunas ideas relacionadas con el nombre del espacio, que viene de un atado de referencias que tomo al encontrar que Platón utilizó el término Khôra para hablar de una espacialidad simbólica y luego otros como Derrida y Kristeva, siguieron su pista para seguir desarrollando el concepto.
Viendo en retrospectiva ciertos momentos de la programación del 2018 y del 2019, tengo claras las preocupaciones que se reflejan en los motivos para presentar una exhibición u otra: está, para empezar, el interés que me produce una artista. Si alguien me llama la atención, le invito a exhibir. Concibo las invitaciones a exhibir en el espacio como una forma de establecer relaciones profesionales, que me permiten empezar a atisbar la producción de lxs artistas y desde ese primer encuentro determinar si podemos tener una conversación que dure más tiempo, y sirva para nutrir textos u otros proyectos de exhibición. Cuando eso ocurre, me gusta pensar en la función de los afectos, en el privilegio que implica poder estar cerca de lxs artistas, en la complicidad que se genera más allá de una exposición y el intercambio de ideas que fluye.[1] 
Otra preocupación que está presente en las invitaciones a exhibir es la distancia entre las escenas artísticas del país. Pocas veces vemos cuerpos de producción amplios de artistas de Guayaquil en Quito y viceversa (tengo una deuda con Cuenca, no lo niego). Es por eso que cada cierto tiempo busco artistas de Guayaquil para que presenten sus proyectos en Khôra.
Cada cierto tiempo, invito a otras curadoras a ocupar el espacio. Parte de mi fijación docente, me hace levantar alertas sobre la aridez de la institucionalidad local, que hace tremendamente difícil, por no decir imposible, que la gente más joven pueda entrar al mercado laboral en áreas como curaduría, entonces si encuentro a alguien con una exhibición ya curada o con ganas de hacer una, cedo el espacio para que trabajen.
Por otro lado, también busco artistas que me permitan conectarme con los ejes de investigación que desarrollo en mi trabajo en la Universidad San Francisco de Quito. Llevo distintos temas de investigación simultáneamente. Los dos más avanzados tienen que ver con cruces en la historia del arte y la historia migratoria del país, y modos de estudiar a la relación arte-naturaleza desde una perspectiva posthumanista. En el primero, me interesa analizar cómo la identidad se construye a partir de ficciones e interpretaciones mediadas a partir de historias que circulan en las familias de artistas migrantes. Hay un conocimiento encarnado que revela, desde el cuerpo, una emotividad que escapa cualquier intento de normar la experiencia migratoria. Y, en el segundo tema, me adentro en el estudio de obras que representan ideas de naturaleza, buscando en ellas posturas críticas sobre los vínculos que establecen con temas de justicia climática.
Hace un tiempo me preguntaron si Khôra existiría fuera del espacio que ocupa actualmente. La respuesta fue no. Khôra es porque está donde está y porque tengo el impulso y abrigo de las personas que generosamente me ceden el espacio. Khôra es una breve intervención, cuya existencia quedará registrada en mi trabajo académico y en la memoria de los encuentros que se generan en el espacio.
Anamaría Garzón (Quito, 1982). Curadora. Profesora en la Universidad San Francisco de Quito. Estudió Periodismo e Historia del Arte en la USFQ. Tiene un MA en Arte Contemporáneo, Sotheby’s Institute of Art, Nueva York. Es editora general de post(s), serie del Colegio de Comunicación y Artes Contemporáneas de la USFQ. Co-fundadora del Museo Nómada y directora de la galería Khôra. Entre sus exhibiciones están Sísifo, el heroísmo del absurdo (Francis Alÿs, Cinthia Marcelle, Carla Zaccagnini y Kate Gilmore), Arte Actual, 2013; El cuerpo queer, la construcción de la memoria (Carlos Motta y Zanele Muholi), Arte Actual, 2014. Alumni de Independent Curators International.

 

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[1] Esa relación circula más fácilmente que la que tengo con las redes sociales, la economía de los likes, las demandas de pago para que los posts circulen, el tiempo que se ocupa produciendo posts… Todo eso me atormenta y entorpece mi trabajo.   

 

 

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